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martes, 4 de diciembre de 2007

La grandeza del ¨Grande¨ (parte 2)

La vida de Luis Aparicio Ortega “El Grande de Maracaibo” es aún una de las leyendas urbanas más discutidas en la pelota venezolana.

Quienes lo vieron jugar y aún tienen la suerte de contarlo hablan de la majestuosidad y elegancia en el campo corto, además de su liderazgo dentro y fuera del terreno. Todo un Derek Jeter actual. Quienes vieron jugar al “Junior” señalan que era muy difícil que el padre fuera tan bueno como el hijo. Ha sido un debate de décadas.

Las generaciones más nuevas hasta confunden los nombres y desconocen por completo del legado de “El Grande de Maracaibo” Luis Aparicio Ortega, padre de Luis Aparicio Montiel, único Salón de la Fama venezolano en Cooperstown tras 18 zafras en las Grandes Ligas.

En la obra “Historia del Béisbol en el Zulia”, el maestro Luis Verde nos deja plasmada su grandeza en el terreno y nos relata muchas de sus hazañas como jugador, algunas de las cuales vale la pena recordar.

Una de sus hazañas más significativas fue el hecho de haber realizado outs en las cuatro bases. Su hermano Ernesto cuenta, en la obra de Verde, que su velocidad fue lo que le llevó a destacarse en su posición. La práctica del béisbol en la mañana y el fútbol por la tarde fue la gran ayuda para desarrollarlo.

En una oportunidad, jugando para el Lucana BBC, en Caracas, en 1931, en el campeonato de la Liga Central Venezolana, salió un rodado por el medio del terreno con corredor en segunda, batazo que ni Luis, ni Ernesto alcanzaron, fue entonces cuando Luis en la misma carrera hacia la base, cambió de dirección y se fue hacia el plato, apartando al receptor para recibir el tiro y sacar el out.

El receptor Adolfo Ugueto, le dijo a Aparicio en el camino al banco: ¿Qué hago yo en el home? A lo que responde Luis: “Usted con esos aperos no hubiese realizado ese out”. Ernesto recuerda que esa jugada provocó muchos comentarios. Coincido con el legendario mánager cubano Pelayo Chacón, quien decía que “El Grande” jugaba un béisbol “muy adelantado”.

La leyenda de Aparicio empieza a tomar forma en 1934 cuando fue contratado por el Licey en la República Dominicana, convirtiéndose en el primer pelotero venezolano contratado por un equipo extranjero en la historia, o sea, el primer pelotero internacional de categoría.

Su experiencia por tierras quisqueyanas lo hizo crecer como pelotero regresando exitosamente como la gran súper-estrella del béisbol nacional, jugando en esos años con el equipo Concordia, propiedad del hijo del dictador venezolano Juan Vicente Gómez.

El Concordia era un trabuco cargado de estrellas, que se coronó en la Liga Central en el invierno de 1934 con Luis Aparicio como líder bate con .396, por encima de figuras como Manuel “Cocaína” García, “El Grillo” Báez, “Tetelo” Vargas y el Salón de la Fama Martín Dihigo.

Durante la década de los 40 compartió su juego en la Liga Central con Magallanes y Vargas, ante la falta de pelota profesional en el Zulia. Uno de los episodios perdidos en el tiempo de la pelota venezolana fue la visita de los Yankees y los Brooklyn Dodgers a Venezuela, para efectuar juegos de entrenamientos primaverales.

El Vargas derrotó a los Yankees el primero de marzo de 1947 con pizarra de 4 a 3. El equipo venezolano era un trabuco integrado en su gran mayoría por refuerzos extranjeros y sólo Francisco “Tarzán” Contreras y Luis Aparicio Ortega fueron los representantes criollos ante un line up de los Mulos que incluía a Yogi Berra, Phil Rizzutto y el lanzador Allie Reynolds.

¿Pero quién fue Luis Aparicio Ortega, el hombre? ¿Cómo influyó su carácter en la formación deportiva y psicológica de su hijo Luis? ¿Cuál fue la trascendencia de sus consejos en el desarrollo del béisbol local?

Rafael Aparicio, hijo menor de “El Grande de Maracaibo”, recuerda: “Papá fue un tipo muy inteligente y sumamente correcto. A pesar de que no fue muy estudiado, era muy inteligente. Yo creo que lo apodaron El Grande no por sus logros en el terreno sino por el tipo de persona que era”.

Aparicio fue quizás el primer jugador venezolano que vio béisbol diverso y del mejor nivel. Era detallista y su conocimiento del juego era su punto fuerte. Fue ídolo y propulsor del béisbol en Maracaibo y le mostró a los aficionados y venideras generaciones del resto del país lo que se podía hacer desde el campo corto.

Además había otro gran experto cercano con quién compartir y debatir sobre el juego, su hermano Ernesto. Esto hizo del béisbol el negocio familiar. El método de subsistencia. La pasión de la vida. El conocimiento a transmitir.

Quizás nunca imaginó que la influencia sobre su hijo llegara a un punto tan significativo, tanto para él por alcanzar la inmortalidad en el mejor nivel del béisbol, como para el desarrollo del deporte nacional y hasta de nuestra cultura e identidad.

“En mi casa se hablaba de béisbol desde que uno se levantaba hasta que uno se acostaba -dice Rafael-. Recuerdo que en nuestras reuniones familiares en diciembre sólo se hablaba de esto, ya aún cuando papá estaba retirado y Luis era una estrella en las Grandes Ligas, se hablaba de que si este pitcher tiene esto, o que si se debe hacer aquello. Luis, mi hermano, por esta relación con mi padre se convirtió casi en nuestro segundo padre, y hasta el carácter de ambos es muy parecido.”

Rafael destaca que la virtud que siempre reafirmó en su vida fue la honradez. “El orgullo de mi padre no era el dinero sino la rectitud, siempre me dio un único consejo: sé honrado”.

Esa misma honradez fue traducida en el terreno de juego a dar lo mejor de sí, física y mentalmente. Esa honradez lo llevó a elevar el nivel del béisbol en su región y el país. La misma que mantuvo durante toda su carrera su hijo Luis, que inspiró a una nación entera a abrazar este deporte.

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