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jueves, 9 de agosto de 2007

La jeringa del respeto


Bueno, finalmente el día llegó. Barry Lamar Bonds, nativo de Riverside, California, a sus 43 años alcanzó la marca de cuadrangulares de todos los tiempos en las Grandes Ligas, el récord más sagrado de este deporte.

Para que se den una idea del quiebre de marcas en los últimos años, cuando Rickey Henderson superó en bases robadas a Lou Brock fue casi un día de fiesta, lo mismo ocurrió cuando Cal Ripken alcanzó el récord de juegos consecutivos en su carrera e incluso cuando Mark McGwire superó a Roger Maris en jonrones en una temporada; más aún, cuando Nolan Ryan alcanzó su ponche 5,000 y cuando Wade Bogas o Tony Gwynn alcanzaron 3,000 imparables los fanáticos alrededor del mundo sintieron admiración por tales logros. Con Bonds, no ocurrió lo mismo.

Más allá del culto a la personalidad por el hecho de ser deportistas famosos, la satisfacción se produce por ver a una persona alcanzando una meta, producto de su trabajo, constancia y ética. Muchos nos trazamos objetivos personales y el proceso para alcanzarlos no es nada fácil, pero tenemos la fe de que algún día lo lograremos. Es la fe lo que nos impulsa a seguir, por eso es admirable cualquier meta lograda, que en un terreno de béisbol se traduce a un récord personal o un campeonato para un equipo.

Pero la excepción llegó con Barry Bonds, y es que romper un récord con la duda de haber hecho trampa es algo que no se ve con buenos ojos.

Esta es una marca opacada por acciones ilegales en el béisbol; por conjeturas de uso de sustancias prohibidas que “pudieron haber dado una ventaja física” y tener una ventaja para quebrarla, es realmente injusto al recordar las situaciones que vivió Henry Aaron cuando en 1974 superó la misma barrera en posesión, en ese entonces, de la figura más grande en la historia del juego, Babe Ruth.

Aaron fue amenazado de muerte si quebraba la marca de Ruth por ser negro. Aaron sintió un compromiso social, de valentía y de respeto para su raza si continuaba apuntando hacia las bardas. Aaron demostró integridad y se ganó el respeto de un país entero que incluso hoy en día lo idolatra en cada momento de su vida.

Bonds, sin ni siquiera habérsele comprobado el uso de esteroides por los canales oficiales que rigen el deporte, es blanco de desprecio y decepción. Es triste que la celebración de su récord se limitara públicamente a su familia, porque hasta sus compañeros de equipo lo felicitaron por compromiso. Un jugador de los Giants me dijo la semana pasada: “ya queremos que se acabe todo esto, estamos cansados de esta payasada alrededor de este tipo”. No creo que un miembro de los Braves del ’74 haya pensado así, al contrario, para ellos fue un privilegio estar presentes en tal momento histórico.

El comisionado de las Grandes Ligas, en su mensaje de felicitación dijo:”…en este país cualquier persona es inocente hasta que no se demuestre lo contrario…” y tras el histórico jonrón se limitó a meterse sus manos en el bolsillo, mientras una parte del Petco Park de San Diego aplaudía y otra abucheaba mostrando pancartas con asteriscos gigantes, solicitando que los cuadrangulares de Bonds no sean oficialmente reconocidos como la marca oficial en la historia del juego.

Quizás el record lo tenga, pero no el respeto. El ego de Barry Bonds lo llevó por un camino donde consiguió gratificaciones instantáneas que muchos jugadores sueñan como premios al Jugador Más Valioso, el récord de jonrones en una temporada, contratos multimillonarios y fama mundial, pero al final del camino, le faltó una jeringa por inyectarse: la dosis del respeto. Esa no se compra…te la regalan.

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